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viernes, 22 de noviembre de 2019

El venado más deseado del mundo

Actualización 06-11-2020: PINCHA PARA VER EL VÍDEO RELATO DE DICHA MONTERÍA



Los sentimientos se me amontonan en las neuronas y amenazan por salir a borbotones, o bien atascarse los unos con los otros, mientras intento ordenarlos en estas líneas. Han pasado ya unos días y sigo nervioso por haber conseguido mi deseo cinegético más profundo, un nuevo venado en montería.



Un venado en montería podría para cualquiera que lee estas líneas no ser considerado ningún tipo de objeto de deseo, o si acaso no algo con lo que llegar a obsesionarse como me ha pasado a mí, es por ello que es conveniente para ponderar esto, retroceder en el tiempo.

Era febrero del año 2007, la temporada montera llegaba a su fin, y estábamos colocados en el cortadero del torreón de la montería de la solanilla, me acompañaba mi padre y mi novia, que hoy en día es mi esposa y madre de mi campeón. En mi haber como cazador figuraban más fallos que aciertos, pero el título de cazador ya lo tenía gracias a un venado del año anterior que hacía el tránsito tras 13 años que pasé como morralero. (Ciertamente me gustaría ver a muchos tener esa paciencia y esa afición para estar ahí todo ese tiempo aprendiendo, pero esa es otra historia y otra lucha que hoy no toca).



La montería estuvo entretenida, con muchos tiros y algunos lances que pudimos ver desde nuestra posición. De repente una nueva ladra y el estruendo del monte nos ponía en alerta, agarre con firmeza el rifle, pues se dirigía a nuestro tiradero, y muy pronto una cierva entraba en el cortadero rápida y decidida a exponerse poco. Sorprendentemente resolví bien la situación pese a mi poca experiencia de entonces, derrumbándose la cierva con un certero tiro. Había sido un lance muy muy rápido y muy bonito. La alegría me desbordaba y ya esperaba con ansia la finalización de la jornada para acercarme a rendir homenaje al animal abatido.

Llegó entonces la sorpresa, lo que tenía en el suelo no era una cierva, era un macho de venado que no había generado su cuerna. No tenía ni puntas, ni varas en crecimiento, ni nada...

Entonces y sin entrar mucho en detalles, no le di mucha importancia al hecho de que ese animal fuera un venado, ya vendrían muchos más venados mejores que ese que tuvieran bonitos trofeos, total tenía 19 años y estaba empezando en esto de la caza, y en mi coto donde cazo el 95 por ciento de las veces, los había.

Los años y las temporadas iban cayendo, y con ellos conseguía cazar mi primera cochina (muy celebrada por cierto, por los varios fallos que tuve antes de lograr un jabalí), mi primer navajero, la primera cierva, incluso el primer zorro. Pero curiosamente el venado no aparecía salvo los días en los que no decidía acompañar a mi padre, que se libraba de tener que cederme el turno y poder disfrutar él mismo del puesto libremente... y sí en algunas ocasiones conseguía sumar venados a su historia venatoria.




Al principio como iba logrando otras metas no le daba importancia, y repetir estos era algo normal que además colmaban mi felicidad venatoria. Según iban pasando los años empezaba a ser curioso que ni siquiera hubiera tenido ningún lance a venado que fallar o incluso descartar. Nada.

El venado es mi animal favorito por su majestuosidad, su tamaño, su fuerza al romper monte y su indomable carácter en berrea y me empezaba ya a chirriar no ver ninguno en mi tiradero.



Cuándo pasaron 10 años sin tirar uno, llega un momento en el que no entiendes la situación. Mi coto tiene venado, si estos fueran anecdóticos, podría ser algo entendible, pero al año, si se cazan unos pocos entre las 9 monterías que tenemos.

Ciertamente en ese momento empezó a crecer el deseo de cazar un venado, quería volver a sentirlo y además saborearlo de verdad no como el último que había cazado que a fin de cuentas yo pensaba que era una cierva. Ya tenía mi propia casa y espacio para mis propios trofeos, algo que en mi juventud me hizo no poder conservar el venado del noviazgo. Las cuentas pendientes con el cervuno no eran moco de pavo.



Empecé a contar esta historia a amigos y compañeros que no podían creerse mi mala suerte, y me deseaban la mayor de las suertes en ese deseo que empezaba a sembrar mi mente en cada salida, "yo quiero cazar un venao".

Algún amigo me empezó a sugerir que comprara un precinto de rececho en berrea…, pero no sería lo mismo. También que pagara por un puesto donde hubiera garantías… Tampoco. Mi padre me enseñó que la caza debe ser escasa, difícil e incierta para darla valor, y a lo que yo sumaría que además en algunas ocasiones para que ésta te llené debe ser en determinadas circunstancias, como son en este caso bajo la modalidad de montería, y a poder ser en las monterías de mi pueblo.



 Necesitaba encontrarme con uno, ver su semblante imponente en el monte, poner mis habilidades en pos de lograr hacerlo mío. Los días previos a cada montería me empapaba de documentales donde el venado era el protagonista, todo ello por aquello de que la caza llama a la caza.

En mis sueños más húmedos, me encontraba sus cuernas como aletas de tiburón surcando las olas que formaban las altas jaras. Y al final yo disfrutando de todo ello. Lo deseaba.

Llegaban las monterías, y con ellas mis ilusiones y esperanzas por bandera. En todas ellas siempre me disponía ante todo de disfrutar de la compañía de mi padre, de los amigos, de un entorno excepcional como es el que tiene Alcoba, de las migas del desayuno y de las judías de mediodía, de la fauna... Pero en el fondo las ganas de un lance a venado eran inevitables.

Unas veces la suerte de los puestos nos alejaban de las querencias cervunas, otras eran varetos los que se paseaban ante mí para ver a las claras de quién se tenían que reír en años venideros, y en otros simplemente la mala suerte. Parecía de chiste.



La temporada 19-20 arrancaba y en mi lista roja, seguía el venado. ¿Se acabaría ésta dando como resultado los 13 años totales de mala suerte? No podía ser.

Las dos primeras monterías del calendario eran las dos mejores del pueblo, las más querenciosas para conseguir hacerme con algún animal, especialmente fructífera en venados. En una me tocó en suerte  uno de los peores puestos de la mancha, y es que no vi ni pata pese a los excelentes resultados que dio el tapiz en la junta de carnes. En la otra una jugarreta de un tipo dañino echo al traste las ilusiones de todos los cazadores, con sus malas acciones en la mancha. Sin comentarios. Habían pasado las dos opciones más claras. No había desánimo pues quedaba mucho calendario pero si un cierto nerviosismo a pensar que podía pasar otra temporada donde mi mayor oscuro objeto de deseo se iba a volver a salir de la mancha de mis apetencias.

La tercera montería, sin cervuno entre sus jaras, me deparó en suertes un puesto espectacular donde tuve varios lances con el resultado final de un navajerete y un bonito zorro. Nunca había cazado nada en esa mancha, ¿podía ser un cambio de tendencia? Lleno de positividad pensé que la semana siguiente en la cuarta de la temporada lo conseguiría.




Tocaba montear la Solanilla, donde abatí la pieza que conté al principio, y pese a que no es tan buena como las dos primeras del calendario de este año, desde el pueblo apuntaban a que tenía mucha caza dentro este año. Esta era la mía. Mis ilusiones se elevaban a la máxima expresión posible. Consulté mis estadísticas, donde recojo multitud de datos de las monterías del coto, y se daban dos reseñas curiosas, una que llevábamos muchos años sin ir a la parte más querenciosa de la mancha y la otra, que sorprendentemente cada 6 años teníamos un lance bien resuelto allí más o menos. Lleno de buenos pensamientos seguía alimentando mis sueños de que este sábado sería.

Llegó el día de la montería, y ante la sorpresa de los amigos que ya me esperaban para recochinearse conmigo por el puesto de la semana pasada, el del jabalí y el zorro, les decía que aguardasen al final de la jornada, que yo hoy volvía a mojar, que tenía el presentimiento y las estadísticas de mi lado.

Durante las migas, momento donde cazadores compartimos inquietudes, deseos o batallitas, les indique que ojala me tocará un puesto en la parte de la cuerda cercana a la puerta de Miraflores para cambiar de zona con respecto a los puestos de pasadas temporadas, que yendo allí ya me bastaba para ser feliz y para acercar la suerte a mi vera.



Como si de un embrujo o alineación de planetas fuera, en el sorteo, la suerte me ponía en el número 5 de la cuerda de Cabañeros o también conocida como de Miraflores. Justo lo que quería bien cerquita de la puerta. Mi felicidad en alza, contrastaba con la de mi padre que veía el puesto muy esquinado, y pese a mis advertencias de que no sólo implicaba salir de cierta parte de la mancha de inasumible recuerdo, sino que además era buen puesto, estaba convencido.


Partíamos a la mancha y con sensaciones de nerviosismo e impaciencia mentalmente se me entremezclaban maravillosos lances a venados, de carreras increíbles, saltos estratosféricos, roturas de montes estruendosas y todas ellas con el final más deseado, que era el de tener el deseado venado conmigo.

Llegamos al aparcamiento, no tocaba andar demasiado, y enseguida divisábamos todo el primer colladito y al final del todo el querenciosa puesto del Alcornoque de Miraflores, donde muchísimos cazadores habían vivido días gloriosos. Que puestazo. Según andábamos percibía que el aire era favorable, y lo que más me entusiasmaba era que íbamos dejando puestos en nuestra marcha y cada vez me cuadraba más el 5, el mío, en el alcornoque. Andamos un poco más, dejando el 4 atrás, el siguiente era el mío, y madrecita de mi vida, era el alcornoque el 5, mi puesto era uno de los mejores puestos de la mancha.








Sin alejarme de la tablilla, vi que el paso estaba muy muy cogido, especialmente por cervuno, y el tiradero era corto pero bonito. En un estado de  nerviosismo entusiasta tuve que hacer un esfuerzo grande por controlar emociones.



 Eran las 11 de la mañana y los compañeros de otras posturas no dejaban de pasar y de bien desear el clásico "buena suerte" o de maldecirme en el buen sentido por la suerte que había tenido con mi puesto.

Recuerdo que aún seguían pasando monteros cuando mandé un wassap a mí grupo de amigos cazadores, los hunters sibaritas club. Compañeros de desvelo y a los que he dado sin descanso el coñazo de que yo quería cazar un venado. Tocaba compartirles alguna foto de las vistas de mi puesto. Eran las 11:05 y les puse, que mi puesto era bonito y querencioso, que tenía presencia de carreras de cervuno, y que hoy podía ser el día.

Eran las 11:10. Por fin pasaba el último montero y podíamos cargar el arma, y colocar las cosas con calma.  Quedaba mucha mañana. Estábamos mi padre y yo en esas de instalarnos, de sacar gorras, prismáticos y otros enseres de los morrales, cuando me da la sensación de que oigo romper monte por delante muy levemente.

Me giro a la mancha, mientras cojo el rifle y con una voz llena de duda y con la más absoluta de las incredibilidades me escuché en una voz tenue decirle a mi padre sin mirarle, "papá, creo que sube algo".

Miré el tiradero y no vi nada. Pero oí un minimísimo crack. Me agaché, cogí lo más rápido que pude la gorra, encendiendo a su vez la cámara de acción que le he incorporado para seguir con mi afición de captar y grabar mis vivencias de caza y me incorporé.

No podía ser. Era imposible. Debía ser una aparición. La madre que me parió... tenía un venado a 25  metros de mí. No me veía, y estaba allí en medio, semitapado por las altas jaras y a escasos metros del monte cerrado y de los pinos de donde seguramente había emergido. Mi posición el alto me daba la posibilidad de escudriñarle, donde él se mantenía sin ningún tipo de movimiento, pero su color pardo y sus cuernas lo delataban. Lo sentía como un fantasma. Estaba perplejo. Hacia 2-5 minutos que estábamos solos, y que el ruido había cesado, y allí estaba.



"Papá un, un, un ve-venao" o algo así me pareció escucharme en el más ligero de los susurros, suficiente para trasmitirle lo que estaba viendo, o eso pensaba, y presuponiendo que estaba detrás mía.

Elevé mi rifle, le apunte al pecho, lo tenía de frente y quite el seguro. Contuve mis nervios y mi aliento en espera de ver que hacía el ciervo. Éste me descubrió y ya hacía el ademán de marcharse de un rebotazo, sin más apreté mi dedo sobre el ligero gatillo de mi browning. Cayó a plomo.

La detonación sonó como solo los buenos tiros suenan, pero al igual que todos rompió la calma de la mañana con su estruendoso sonido. El primero de la mañana.

"PERO A QUÉ HAS TIRADO" escucho tras de mí, me giro y veo a mi padre agachado con las manos metidas en el morral, no se había enterado de nada.

Con los nervios y la adrenalina del momento le dije como buenamente pude, "Acabo de tirar al suelo un venao". Con los ojos como platos, mi padre me insiste en preguntar, y le respondo lo mismo. Sin más dilación le digo qué está ahí, y que hay que asomarse un pelín para asegurarnos que no necesita remate para evitarle agonía. Damos 4 pasos y se le divisaba el en suelo, inerte. Era increíble. No me lo podía creer. Me temblaba todo.

Retrocedemos los cuatro pasos a la tablilla, y con la entereza que pude cogí mi móvil y a los amigos íntimos les escribí que ya tenía mi venado. Eran las 11:14. Parecía mentira lo rápido que había pasado todo con lo mucho que había tenido que esperar para este momento. Necesité sentarme, para asimilarlo, y entonces este llorón que escribe dejó escapar todo lo que llevaba dentro, pues la espera había acabado, ya era mío.

La montería no dio mucho más de sí, estuvo por debajo de lo esperado, y nosotros no tuvimos ningún lance más en nuestra postura. Toda esa mañana me las pasé con el deseo de poder ir a ver el venao, cuando lo ví me pareció un auténtico mulo de tamaño, pero la cuerna no me había dado tiempo a poderla apreciar bien.

El momento del encuentro llegó, y allí lo tenía, cuanto lo había querido, soñado, y deseado y por fin conseguía poder acercarme a él y rendirle todos los tributos que merecía tan bello animal. El cuerpo como había dicho era enorme, su pelaje suave y bello, y su cuerna, pues no era nada espectacular, 9 puntas, con falta de una contra, las luchaderas y la otra contra pequeñas, pero era largo, y aunque cerrado, armonioso,  sobre todo en las horquillas. Era un venado a todas las claras selectivo, y a mi forma de ver bonito.









Había costado 12 años y 9 meses conseguirlo, y tal como había dicho al principio lo había logrado en las circunstancias que yo quería, en montería y en Alcoba. En lo sueños uno siempre se imagina con animales majestuosos y cazados en unas circunstancias incluso épicas, y cuando tienes 12 años y 9 meses para pensarlo, soñarlo y desearlo, te da para imaginar muchísimo.

Puede que su lance no fuese nada espectacular, ni tampoco dificultoso en su resolución, al contrario de lo que se me había pasado por mi mente en todo este tiempo, pero si había costado lo suyo, muchos desvelos e ilusiones puestas en él le contemplaban con sus cuantiosísimas jornadas deseando que se paseará delante de mí. La perspectiva hoy en día con el objetivo cumplido, hace que tanto tiempo esperando a que llegase haya valido la pena. He valorado su captura como pocos lo hayan hecho nunca con este animal, he ponderado su esencia hasta límites indescriptibles y lo he saboreado como la mejor de las cervezas frías en un mediodía de verano soleado. O incluso más.








Quizás no fuera un gran venado, ni uno con muchas puntas, evidentemente no da tampoco para medalla, pero las valoraciones siempre he pensado que no las dan ninguna de esas cosas, sino las circunstancias de la vivencia y tengo claro que nunca nada me había hecho tanta ilusión como este ciervo, que pocas cosas he deseado tanto cinegéticamente hablando como este animal hasta la fecha y por eso puedo afirmar sin dilación que para mí es el mejor, más bonito y deseado venado del mundo.








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domingo, 7 de octubre de 2018

Temporada Montera by playmocaza, homenaje a Pelillo

La temporada Montera o ya se ha abierto o está apunto de abrirse, en muchos sitios.

Y este es el momento en el que te viene a la cabeza los recuerdos de las temporada pasadas donde  por un lado no quieres reperir errores y por otro si quieres revivir aciertos.

Hoy os traigo un video realizado con mucho cariño que busca mostrar y acercar diferentes aspectos de las monterías por medio del recuerdo de diferentes puestos de la temporada pasada, y por otro lado hacer un homenaje sincero a uno de los colaboradores de Playmocaza, Pelillo s.c. , ejemplo de como hacer las cosas con criterio y gran acierto.

El vídeo consta de multitud de fotografías realizadas en los diferentes puestos que tuve la suerte de montear. Son recreaciones basadas muchas veces en ilusiones que tenía ese día o bien montajes de cosas que me sucedieron.

Al final se muestra el balance de cada puesto, y se muestra como los cazadores muestran respeto y decoro por las piezas abatidas, recomendaros a todos a cuidar estás cosas, nuestra imagen es importante de cara a terceros pero más lo es el saber dar a ese animal que tanto nos ha hecho disfrutar el respeto que se merece.

Sin más os dejo el vídeo con la ilusión de que lo disfrutéis tanto como yo realizándolo, y os deseo a todos una gran temporada, donde más allá de piezas abatidas espero que disfrutéis de nuestros campos,  de las personas con las que estemos acompañados y por supuesto de momentos que os hagan felices.






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lunes, 23 de abril de 2018

Proyecto Corcino 2018

La ACE CORZO es una asociación con un contrastadísimo bagaje en la conservación del corzo en España.

Entre sus diferentes proyectos cada año en primavera sale a relucir el PROYECTO CORCINO que busca concienciar a la población de no llevarse, tocar o acercarse a las pequeñas crías de corzo.


Este año además Bajo el lema “NO ESTÁ SOLO, NO LO TOQUES”, la Asociación del Corzo
Español (ACE), presenta su proyecto corcino, edición de 2018 que, en esta
ocasión, va dirigido especialmente a niños y jóvenes. Tengo el inmenso placer de poder comunicar que la ACE ha tenido a bien a encargarme un pequeño vídeo donde se da a conocer en que consiste dicho proyecto y sus ideas por medio de mis playmobil.

He puesto mucha ilusión en esto (así como bastantes horas) y es que para tan significativa ocasión me he lanzado a la piscina y he realizado mi primer stopmotion con todo lo que ello significa.

Sin más lo comparto y os animo a compartir al vídeo con el fin de poder concienciar a cuantos más mejor en como debemos comportarnos en nuestras salidas campestres en esta época tan sensible.

Espero os guste



Por otra parte, y en un intento de animar a los más jóvenes a participar en la
campaña, la ACE ha puesto en marcha un concurso de dibujo infantil, donde
los corcinos y sus madres, van a ser el objeto fundamental de atención. Este
certamen se prolongará durante toda la primavera, y sus bases pueden
consultarse en nuestra página web institucional. Por supuesto todas las obras
recibidas tendrán su correspondiente difusión a través de nuestras páginas de
Facebook https://www.facebook.com/Amigos-del- Proyecto-Corcino y Twitter
@acecorzo. A través de las Redes Sociales, y durante todo el período
primaveral, la ACE seguirá lanzando mensajes de concienciación de forma
ininterrumpida, invitando a todos los seguidores a conocer más de esta
problemática que, cada año, afecta a la reproducción del más pequeño de los
cérvidos ibéricos.

Por último comparto mis propios carteles del proyecto playmobilizados que espero sean también de vuestro agrado






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viernes, 28 de abril de 2017

El Corzo Imposible


l

Hoy traigo una historia muy especial. En plena temporada del corzo, he querido recrear en PLAYMOCAZA esta bonita modalidad. Para ello y fruto de una bonita ruta en bicicleta realice una serie de tomas fotográficas de lo que yo presumía podía ser perfectamente un rececho/aguardo al pequeño cérvido. Pero luego a la hora de montar la historia y de poner palabras quería en esta ocasión algo especial, algo bueno y de carácter más poético de lo que yo suelo realizar, y por ello le pedí al amigo @postalobera que si quería responsabilizarse del reto.

Este es el resultado. Espero os guste esta colaboración.

"Dedicado a una persona sumamente especial que alumbra cada día y que hace poco ha cumplido su sueño corcero"



Sentí frío. Al cerrar la ventana supe que tenía que llevar algo de abrigo. Muchos kilómetros por delante y un día largo, y dicen que más bien que sobre que quedarse corto. Apuré el café y cogí los trebejos. A un tiro largo de autovía me esperaba el escenario de mi sueño de primavera: un corzo en lontananza para el que tengo un precinto, el de cada año, el de cada sueño, el de cada temporada.

Mi inseparable .243 para estos menesteres y mi macuto añejo donde guardo las balas y esas cosas que siempre nos sacan de un apuro, al coche. La oscuridad arropa toda la ciudad, que se ilumina salpicada por multitud de farolas y luces led. La ruta es larga, y sin pausa me dirijo al destino. Quedan horas hasta que el sol despunte y pinte los campos.



Salí con tiempo, pero un pinchazo al llegar al cazadero me jodió la espera del alba. Mal comienzo para un día raso que poco a poco se llevó los fríos e hizo que me despojase de abrigo. El chaleco y una camisa de manga corta serían mi atuendo. Botas bien usadas y presto a recechar, que apretaba el día.



Ahí estaban los barbechos del año pasado echando espigas. Amplias hojas de cereal donde los corzos buscarán sustento. Tenía que haberlos rebuscado ahí a primera hora del día, pero el sol ya llevaba ventaja y yo la tardanza que provocó un trozo de hueso al meterme en la pista. Barrí con mis 10x42 las siembras y no descubrí nada. Desde un altozano me eché los prismáticos a los ojos esperando encontrar alguna silueta, pero las únicas que se movían eran las de los vehículos que circulaban por el polígono industrial del municipio. Así que di marcha atrás y me dispuse a trastear otras áreas del coto.



Al arrimarme a un lindero de alfalfa con un trigal, ¡qué susto! Andaba ensimismado con la posibilidad de que saltara el corzo de mi sueño y la arrancada de la perdiz me sobresaltó. Qué maravillosas estas aves del páramo y de la sierra que se engalanan con tantos colores y que despiertan en el cazador esa atracción por el pájaro salvaje que pone a prueba sus facultades. Qué grande es la perdiz roja, bandera española de nuestros campos.



Un almendro solitario me vio recomponer la cara después del sobresalto, que aumentó cuando me percaté de que tres culeras blancas se escondían en el monte a lo lejos. Ni tiempo de reaccionar. Seguí tras ellos durante más de una hora, pero perdí toda pista dentro del pinar.



Este terreno es ideal para los corzos, para las perdices… Amplias llanuras sembradas y alternándose entre eriales y parcelas barbechadas conforman un paisaje variado que alimenta a la avifauna del lugar. Montes de pinar sobre los campos de olivos le dan más alternativas al animal que medra y pasa sus días aquí. Además, este acotado tiene una gestión ejemplar. Los socios procuran alimento y agua en los meses de carencia, y esto se nota. La caza mayor y la menor abundan. El campo lo agradece y, de vez en cuando, te regala algo. Cierto es eso de que, tantas veces, si das, recibes.


Seguía avanzando con pies de gato y mirando por los prismáticos. Encontraba excrementos, algunos más frescos que otros, que delataban la presencia de corzos en la zona. Alguna collalba rubia se cruzaba a mis pasos y una pareja de aguilillas calzadas oteaba desde las alturas. Un rascadero en una retama solitaria me alertó de la presencia de algún macho. El día estaba sin aires y la figura del corzo se marcaba de forma repetitiva en mi mente. Su perlado pinchaba mis ideas… Eran las ganas.



Al caminar, intentaba no hacer ruido y pisar con disimulo. Aunque el campo estaba todavía verde, si rompías una paja descubrías tu presencia en la distancia y algún paso de los mal dados, atronaba. Por eso un zorro saltó espantado con el botín de su caza mañanera: un conejo. ¡Ay, ladino! Se me cruzó a tiro de escopeta y se largó en paz, pues hoy no tocaba. Que te aproveche, raposo.



En el campo, bien lo sabemos, el juego de predadores y presas es diario. Ahí, donde nosotros vemos paisajes con hermosas luces y escenas bucólicas, se repite cada día una constante tan natural como cruda: sobrevivir. El insecto se zafa del buitrón, el ratón del mochuelo, y así andan unos tras otros.



Llegué a una de las zonas más bonitas del coto. A esta hora, esa abrigada podía ser buen lugar para encontrar al que voy buscando. El año pasado vi aquí uno de los corzos más espléndidos que haya visto. Lo recuerdo con nitidez. Allí, en la costana de los pinos, lo descubrí. Al hacer una panorámica con los prismáticos, el barrido se paró como si un resorte lo frenara. Los ocho aumentos me bastaron para verlo allí, altivo y hermoso, en un claro de la pinada. La distancia era larga para determinar las virtudes de su cuerna, pero el aparatoso bulto sobre la cabeza me reveló unas hechuras inusuales. Debía cogerle las vueltas cuanto antes sin que le llegaran mis aires.



Fueron, quizá, los minutos más largos de mi vida. Conforme avanzaba encorvado, y a tirones, lo reubicaba a golpe de prismáticos. Allí estaba. Conseguía acercarme sin ser descubierto. Casi lo tenía. El corzo se tapó detrás de un puñado de pinos. Y se esfumó. Por más que registré la cuesta no conseguí volver a verlo. La noche se echó y, sobre mí, la desazón. Digo que ese corzo desapareció porque así fue realmente: no se volvió a ver durante la temporada y de nadie se supo que le diera caza, pero yo lo vi.



El calor apretaba y decidí parar el rececho de la mañana. Llegué al coche y me acerqué hasta la localidad para comer donde siempre lo hago cuando vengo a los corzos. Allí encuentro un ambiente agradable con buena mesa. Para qué quiere uno más si tiene caza y caldero: promesas del buen cazar, agasajos con buena cocina, un poco de reposo y tranquilidad. El madrugón había pasado factura y me la cobré en “Casa Paca” con su mejor pitanza y una sobremesa que aproveché para que arreglaran el pinchazo para poder volver a casa.


Quedaba tarde y sobraban las ganas. Regresé al cazadero y me metí en el olivar que llegaba al sopié del monte. Iba camino de las asomadas y rebuscando por el entorno de los sesteaderos. Vi dos corzos lejanos y luego otro al borde del pinar. Por ahí campan los duendes, me dije. Los olivos venían cargados de manojos de flores aún por abrir. En una orilla, buscando el refugio del herbazal, una perdiz había plantado su nido y comenzaba la puesta de prometedores perdigones. Me topé con ella y la perdiz hizo amago de salir volando, dejando ver sus tres primeros huevos. Reculé y quise que la suerte se aliara con ella, pues tenía por delante la aventura más necesaria y dificultosa de la naturaleza: el renuevo de la especie. Ojalá fuera una puesta generosa, llegaran todos los pollos a igualones y se hicieran perdices recias, de esas que te vuelcan el corazón y te rompen las piernas.






Ortega escribió que “el cazador es el hombre alerta”. No andaba equivocado el filósofo y bien sabemos esto los cazadores. Sea de espera, rececho o como quiera que sea, ahí andamos aguzando los sentidos. Quisiéramos tener la vista del águila real y el oído de su hermano de la noche, el búho, y así andamos apretando los ojos sobre los prismáticos queriendo descubrir algo y entornando la cabeza de cuando en cuando para poder escuchar mejor los avisos del campo.



La tarde avanzaba y yo seguía buscando a ese corzo que veía en sueños o quizá a ese otro que descubrí el año pasado y que se perdió hasta que alguien lo encuentre. Registraba cada sombra y miraba a todos lados.



Con afán de otear, me subí a un cancho. Un terreno ondulado con pequeñas barrancas se presentaba como escenario. Quizá ahí, amagado, estuviese echado el corzo de mi sueño, el de cada año, el de cada temporada. El corte del monte, a lo lejos, pintaba prometedor para última hora de la tarde. Ese sería, si antes no me rozaba la suerte, mi último cartucho.




El recechista hace del gesto de mirar una virtud, y también su herramienta necesaria. Mirar, mirar y remirar. En esas andaba sobre la piedra gorda cuando un zarandeo en una hoya me alertó. El matorral se sacudía y pronto pude verla. Una guarra, o eso parecía, arrancaba a tarascadas algunas ramas. Ras, ras. Y seguía: ¡ras! La observé durante varios minutos, y tan enfrascada en lo que hacía estaba que ni se percató de mi presencia. Cogía las ramas y se las llevaba. Volvía, ras, ras, y se llevaba más.



Me entretuve de lo lindo mirando la jabalina. Ese trajinar con tanto afán solo tenía una explicación. La guarra estaba a bocaparir y andaba liada preparando el encame para su camada. ¿Cuántos serían? ¿Llegaría alguno a ser escudero de un buen verraco o quizá uno de ellos llegase a solitario jabalí de un relato de Foxá o Covarsí? Y cavilando se mezcló un parto con las andanzas montunas de un gran jabalí por las sierras. Pasión de caza. Sigamos…




 
Se echaba la tarde. Las sombras se alargaban. Lindando con el olivar y frente al monte, coloqué un parapeto de ramas. Había que esperar al ocaso y me senté a verlas venir cuidándome del aire y atendiendo a mi experiencia. El sol a mis espaldas y todas las ilusiones por delante. Los prismáticos a mano, el rifle en el regazo y una zona querenciosa en mi campo de tiro.



Sentarse a pie de campo, mudo e inmóvil, permite ser testigo de escenas singulares. Hay quienes dicen que no hay mejor sitio para estar que en el campo, y no les falta razón, aunque todo tenga su momento. Tres conejillos me entretuvieron un rato.



 Los socios del acotado disponen bebederos y comederos por el terreno, y vaya si las especies los aprovechan. Esos tres conejos serían una muestra de lo que se acerca cada día a ese punto de agua. Especies cinegéticas o no, todas se benefician de la mano que el hombre cazador les dispensa, sea en forma líquida, sólida o a la postre de gestión. El cazador, ese de principio a fin, es el que lanza guiños a la naturaleza junto a su mano de ayuda para luego, en justa lid, recoger parte de ella. Con respeto, buen hacer y dedicación.



El rifle de cerrojo descansaba sobre mis piernas con ganas de hablar. Mis ojos registraban cada palmo de terreno con ayuda de los prismáticos. ¿Qué tiene la caza del corzo que nos fascina? ¿Por qué este pequeño cérvido levanta nuestras más delicadas pulsiones venadoras? ¿Es su magia?



El caso es que ahí estaba yo, buscando al corzo de mi vida. Después de caminar recechando, la jornada de caza iba a terminar cumpliendo una espera. El lugar era fantástico; los tímidos aires hacia mí soplaban. Me bastó coger un puñado de tierra fina para lanzarlo y que el polvo delatara su dirección. Antes, cuando fumaba, era prender un cigarro para que el humo cantase los aires. Tenía delante una plaza despejada y me rodeaba un escuadrón de olivos en nítida formación. El sol se acostaba detrás de mí. Al fondo, el bosquete de pinos y una franja de terreno despejada a pie de monte.



Lejos del frío que sentí esta madrugada al asomarme por la ventana de casa, ahora es la calidez de la tarde la que arropa este paisaje. El día avanza ahora como el minutero del reloj y cada segundo parece restar. No quisiera quedarme sin luz; no quisiera quedarme sin sueño.



Fue como una aparición. De repente, al pie del pinar, un corzo asomó. Estaba lejos, muy lejos, pero supe que era una hembra. Me recompuse tras la pantalla y me apreté. El campo se movía y los corzos despertaban. La corza ganaba terreno y a cada paso se frenaba, alzaba la cabeza y escuchaba. Los prismáticos se pegaron a mis ojos. Después de tantas horas es cuando valoras tener unos cristales de calidad.



Apareció. Después de que la corza hubiese avanzado más de una veintena de metros, de la sombra de los pinos surgió la figura de un corzo tras sus pasos. ¿Quién sabe si ahí, a tantos metros, estaba representada mi oportunidad? Tocaba esperar.



La collera se arrimó hasta el olivar comisqueando. El terreno despejado me permitía seguirlos entre los troncos de los olivos y pude comprobar cómo, a cada paso, acortaban la distancia. El macho se volvía más hermoso. Cuanto más se acercaban, el afán por ocultarme crecía. Bajé la mirada y pasé la mano sobre el cerrojo y la caja de mi rifle, como avisándole de que anduviera despierto. Si hubiera podido dejar de respirar, sí, lo hubiera hecho. Ahora mis movimientos parecían cansinos, metódicos, con el fin de no romper la quietud de la tarde y de este momento con pulso acelerado. 



Ese par de culeras blancas me encendía, y cuando repasaba la cuerna del corzo con los aumentos… Quería ver al corzo que desapareció en el que tenía enfrente, pero se trataba de otro macho distinto. La pareja, aparte de los que había visto a lo largo del día, me estaba regalando el mejor rato del atardecer.



Me di cuenta de que otra hembra se acercaba. Habría salido del monte rezagada y ahora pretendía alcanzar a los dos que me robaban la atención. Otro vistazo detallado a golpe de prismáticos. Eran animales lozanos con un pelo lustroso. El macho llevaba razones para dar algún que otro escarmiento y salir airoso del enfrentamiento con otros de su especie. Una cuerna larga y gruesa. ¡Menudas luchaderas y garcetas tenía el mozo!




La hembra retrasada se paró y los dos que tenía delante se alertaron. Apenas escuché nada más que un leve crujir que no supe de dónde vino. ¿Quizá un jabalí triscando? Apreté la garganta del .243 y pensé que llegaba la estampida, pero no. Unos segundos eternos y los corzos volvieron a su quehacer. Estaba decidido.




Fui levantando lentamente el rifle hasta llevarlo al encare sobre mi hombro. Me centré en el macho y revisé de nuevo su cornamenta. No había dudas, era excepcional. Quité el seguro del rifle con la delicadeza de una caricia. Respiré tres veces y de forma pausada solté el aire. Besé el gatillo con el dedo índice y noté como los pelos se me pusieron de punta. Centré el codillo del animal en la retícula, alcé unos centímetros y disparé. ¡Bum! Solté un chorro de aire mientras el campo enmudecía. Las hembras saltaron y se perdieron con dirección al monte. Me desencajé el rifle del hombro con la misma suavidad con la que los había hermanado. Volví a respirar profundamente. Un par de torcaces rompieron la quietud del escenario.



Aún sentado tras mi pantalla de ramas, esperé unos minutos de rigor. Hace años, después de abatir la pieza, echaba un cigarrillo; ahora ocupo esos minutos en rendir mi respeto, pero sin humo. Cogí de nuevo los prismáticos y miré el corzo tendido. Lo remiré. Rendido. Descargué mi cerrojo suavemente porque todo estaba hecho. Eché un vistazo al contorno y tuve la sensación única de estar solo en el mundo.



Me incorporé y caminé sin prisas hasta el corzo. Quedaba tarde y quedaba luz. ¡Qué animal más hermoso! El tiro ya había esparcido un mechón de pelos y al pasar mi mano por su costado se desprendieron más. El perlado de la cuerna era un poema y el cuerpo era un auténtico regalo de carnes. No sé el tiempo que pasó desde que vi asomar a la hembra hasta que apreté el gatillo del .243, pero sé que ese tiempo compuso mi lance como una partitura. Y sonó. ¡Vaya melodía! ¿Qué más se podía querer? Pues quizá… alguien a quien dar un abrazo y con quien compartir la emoción de la caza.







Precinté el corzo. Parte de su carne quedaba en la localidad y otra parte se volvería conmigo. La caza que termina en el plato sabe mucho mejor. Además, siempre que se pueda, es de ley aprovechar cada animal que cacemos. Ensalzar cada pieza con el rito de la cocina es parte del respeto que le debemos por lo que nos ha regalado en el campo. La cultura de la carne de caza es un capítulo que, además, tiene aún mucho recorrido.


Retomé la autovía con el neumático arreglado y la mente perdida en la jornada que había dejado atrás pero llevaba conmigo. Antes de que anocheciera ya estaba en ruta para hacer noche a dos pasos y salir de mañana, con la fresca y descansado. A lo lejos, en un apartado de aquel acotado, una silueta se dibujó sobre un crestón de la sierra. Su colosal estampa se recortó ante el bermellón final del ocaso. Era aquel corzo que se esfumó y desapareció; aquel que solo vi una vez. Era ese corzo que anda en algunos rincones del campo y que todos guardamos en la mente como una ilusión: ese corzo imposible que verás algún día y desaparecerá para siempre como una utopía.





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