viernes, 22 de noviembre de 2019

El venado más deseado del mundo



Los sentimientos se me amontonan en las neuronas y amenazan por salir a borbotones, o bien atascarse los unos con los otros, mientras intento ordenarlos en estas líneas. Han pasado ya unos días y sigo nervioso por haber conseguido mi deseo cinegético más profundo, un nuevo venado en montería.



Un venado en montería podría para cualquiera que lee estas líneas no ser considerado ningún tipo de objeto de deseo, o si acaso no algo con lo que llegar a obsesionarse como me ha pasado a mí, es por ello que es conveniente para ponderar esto, retroceder en el tiempo.

Era febrero del año 2007, la temporada montera llegaba a su fin, y estábamos colocados en el cortadero del torreón de la montería de la solanilla, me acompañaba mi padre y mi novia, que hoy en día es mi esposa y madre de mi campeón. En mi haber como cazador figuraban más fallos que aciertos, pero el título de cazador ya lo tenía gracias a un venado del año anterior que hacía el tránsito tras 13 años que pasé como morralero. (Ciertamente me gustaría ver a muchos tener esa paciencia y esa afición para estar ahí todo ese tiempo aprendiendo, pero esa es otra historia y otra lucha que hoy no toca).



La montería estuvo entretenida, con muchos tiros y algunos lances que pudimos ver desde nuestra posición. De repente una nueva ladra y el estruendo del monte nos ponía en alerta, agarre con firmeza el rifle, pues se dirigía a nuestro tiradero, y muy pronto una cierva entraba en el cortadero rápida y decidida a exponerse poco. Sorprendentemente resolví bien la situación pese a mi poca experiencia de entonces, derrumbándose la cierva con un certero tiro. Había sido un lance muy muy rápido y muy bonito. La alegría me desbordaba y ya esperaba con ansia la finalización de la jornada para acercarme a rendir homenaje al animal abatido.

Llegó entonces la sorpresa, lo que tenía en el suelo no era una cierva, era un macho de venado que no había generado su cuerna. No tenía ni puntas, ni varas en crecimiento, ni nada...

Entonces y sin entrar mucho en detalles, no le di mucha importancia al hecho de que ese animal fuera un venado, ya vendrían muchos más venados mejores que ese que tuvieran bonitos trofeos, total tenía 19 años y estaba empezando en esto de la caza, y en mi coto donde cazo el 95 por ciento de las veces, los había.

Los años y las temporadas iban cayendo, y con ellos conseguía cazar mi primera cochina (muy celebrada por cierto, por los varios fallos que tuve antes de lograr un jabalí), mi primer navajero, la primera cierva, incluso el primer zorro. Pero curiosamente el venado no aparecía salvo los días en los que no decidía acompañar a mi padre, que se libraba de tener que cederme el turno y poder disfrutar él mismo del puesto libremente... y sí en algunas ocasiones conseguía sumar venados a su historia venatoria.




Al principio como iba logrando otras metas no le daba importancia, y repetir estos era algo normal que además colmaban mi felicidad venatoria. Según iban pasando los años empezaba a ser curioso que ni siquiera hubiera tenido ningún lance a venado que fallar o incluso descartar. Nada.

El venado es mi animal favorito por su majestuosidad, su tamaño, su fuerza al romper monte y su indomable carácter en berrea y me empezaba ya a chirriar no ver ninguno en mi tiradero.



Cuándo pasaron 10 años sin tirar uno, llega un momento en el que no entiendes la situación. Mi coto tiene venado, si estos fueran anecdóticos, podría ser algo entendible, pero al año, si se cazan unos pocos entre las 9 monterías que tenemos.

Ciertamente en ese momento empezó a crecer el deseo de cazar un venado, quería volver a sentirlo y además saborearlo de verdad no como el último que había cazado que a fin de cuentas yo pensaba que era una cierva. Ya tenía mi propia casa y espacio para mis propios trofeos, algo que en mi juventud me hizo no poder conservar el venado del noviazgo. Las cuentas pendientes con el cervuno no eran moco de pavo.



Empecé a contar esta historia a amigos y compañeros que no podían creerse mi mala suerte, y me deseaban la mayor de las suertes en ese deseo que empezaba a sembrar mi mente en cada salida, "yo quiero cazar un venao".

Algún amigo me empezó a sugerir que comprara un precinto de rececho en berrea…, pero no sería lo mismo. También que pagara por un puesto donde hubiera garantías… Tampoco. Mi padre me enseñó que la caza debe ser escasa, difícil e incierta para darla valor, y a lo que yo sumaría que además en algunas ocasiones para que ésta te llené debe ser en determinadas circunstancias, como son en este caso bajo la modalidad de montería, y a poder ser en las monterías de mi pueblo.



 Necesitaba encontrarme con uno, ver su semblante imponente en el monte, poner mis habilidades en pos de lograr hacerlo mío. Los días previos a cada montería me empapaba de documentales donde el venado era el protagonista, todo ello por aquello de que la caza llama a la caza.

En mis sueños más húmedos, me encontraba sus cuernas como aletas de tiburón surcando las olas que formaban las altas jaras. Y al final yo disfrutando de todo ello. Lo deseaba.

Llegaban las monterías, y con ellas mis ilusiones y esperanzas por bandera. En todas ellas siempre me disponía ante todo de disfrutar de la compañía de mi padre, de los amigos, de un entorno excepcional como es el que tiene Alcoba, de las migas del desayuno y de las judías de mediodía, de la fauna... Pero en el fondo las ganas de un lance a venado eran inevitables.

Unas veces la suerte de los puestos nos alejaban de las querencias cervunas, otras eran varetos los que se paseaban ante mí para ver a las claras de quién se tenían que reír en años venideros, y en otros simplemente la mala suerte. Parecía de chiste.



La temporada 19-20 arrancaba y en mi lista roja, seguía el venado. ¿Se acabaría ésta dando como resultado los 13 años totales de mala suerte? No podía ser.

Las dos primeras monterías del calendario eran las dos mejores del pueblo, las más querenciosas para conseguir hacerme con algún animal, especialmente fructífera en venados. En una me tocó en suerte  uno de los peores puestos de la mancha, y es que no vi ni pata pese a los excelentes resultados que dio el tapiz en la junta de carnes. En la otra una jugarreta de un tipo dañino echo al traste las ilusiones de todos los cazadores, con sus malas acciones en la mancha. Sin comentarios. Habían pasado las dos opciones más claras. No había desánimo pues quedaba mucho calendario pero si un cierto nerviosismo a pensar que podía pasar otra temporada donde mi mayor oscuro objeto de deseo se iba a volver a salir de la mancha de mis apetencias.

La tercera montería, sin cervuno entre sus jaras, me deparó en suertes un puesto espectacular donde tuve varios lances con el resultado final de un navajerete y un bonito zorro. Nunca había cazado nada en esa mancha, ¿podía ser un cambio de tendencia? Lleno de positividad pensé que la semana siguiente en la cuarta de la temporada lo conseguiría.




Tocaba montear la Solanilla, donde abatí la pieza que conté al principio, y pese a que no es tan buena como las dos primeras del calendario de este año, desde el pueblo apuntaban a que tenía mucha caza dentro este año. Esta era la mía. Mis ilusiones se elevaban a la máxima expresión posible. Consulté mis estadísticas, donde recojo multitud de datos de las monterías del coto, y se daban dos reseñas curiosas, una que llevábamos muchos años sin ir a la parte más querenciosa de la mancha y la otra, que sorprendentemente cada 6 años teníamos un lance bien resuelto allí más o menos. Lleno de buenos pensamientos seguía alimentando mis sueños de que este sábado sería.

Llegó el día de la montería, y ante la sorpresa de los amigos que ya me esperaban para recochinearse conmigo por el puesto de la semana pasada, el del jabalí y el zorro, les decía que aguardasen al final de la jornada, que yo hoy volvía a mojar, que tenía el presentimiento y las estadísticas de mi lado.

Durante las migas, momento donde cazadores compartimos inquietudes, deseos o batallitas, les indique que ojala me tocará un puesto en la parte de la cuerda cercana a la puerta de Miraflores para cambiar de zona con respecto a los puestos de pasadas temporadas, que yendo allí ya me bastaba para ser feliz y para acercar la suerte a mi vera.



Como si de un embrujo o alineación de planetas fuera, en el sorteo, la suerte me ponía en el número 5 de la cuerda de Cabañeros o también conocida como de Miraflores. Justo lo que quería bien cerquita de la puerta. Mi felicidad en alza, contrastaba con la de mi padre que veía el puesto muy esquinado, y pese a mis advertencias de que no sólo implicaba salir de cierta parte de la mancha de inasumible recuerdo, sino que además era buen puesto, estaba convencido.


Partíamos a la mancha y con sensaciones de nerviosismo e impaciencia mentalmente se me entremezclaban maravillosos lances a venados, de carreras increíbles, saltos estratosféricos, roturas de montes estruendosas y todas ellas con el final más deseado, que era el de tener el deseado venado conmigo.

Llegamos al aparcamiento, no tocaba andar demasiado, y enseguida divisábamos todo el primer colladito y al final del todo el querenciosa puesto del Alcornoque de Miraflores, donde muchísimos cazadores habían vivido días gloriosos. Que puestazo. Según andábamos percibía que el aire era favorable, y lo que más me entusiasmaba era que íbamos dejando puestos en nuestra marcha y cada vez me cuadraba más el 5, el mío, en el alcornoque. Andamos un poco más, dejando el 4 atrás, el siguiente era el mío, y madrecita de mi vida, era el alcornoque el 5, mi puesto era uno de los mejores puestos de la mancha.








Sin alejarme de la tablilla, vi que el paso estaba muy muy cogido, especialmente por cervuno, y el tiradero era corto pero bonito. En un estado de  nerviosismo entusiasta tuve que hacer un esfuerzo grande por controlar emociones.



 Eran las 11 de la mañana y los compañeros de otras posturas no dejaban de pasar y de bien desear el clásico "buena suerte" o de maldecirme en el buen sentido por la suerte que había tenido con mi puesto.

Recuerdo que aún seguían pasando monteros cuando mandé un wassap a mí grupo de amigos cazadores, los hunters sibaritas club. Compañeros de desvelo y a los que he dado sin descanso el coñazo de que yo quería cazar un venado. Tocaba compartirles alguna foto de las vistas de mi puesto. Eran las 11:05 y les puse, que mi puesto era bonito y querencioso, que tenía presencia de carreras de cervuno, y que hoy podía ser el día.

Eran las 11:10. Por fin pasaba el último montero y podíamos cargar el arma, y colocar las cosas con calma.  Quedaba mucha mañana. Estábamos mi padre y yo en esas de instalarnos, de sacar gorras, prismáticos y otros enseres de los morrales, cuando me da la sensación de que oigo romper monte por delante muy levemente.

Me giro a la mancha, mientras cojo el rifle y con una voz llena de duda y con la más absoluta de las incredibilidades me escuché en una voz tenue decirle a mi padre sin mirarle, "papá, creo que sube algo".

Miré el tiradero y no vi nada. Pero oí un minimísimo crack. Me agaché, cogí lo más rápido que pude la gorra, encendiendo a su vez la cámara de acción que le he incorporado para seguir con mi afición de captar y grabar mis vivencias de caza y me incorporé.

No podía ser. Era imposible. Debía ser una aparición. La madre que me parió... tenía un venado a 25  metros de mí. No me veía, y estaba allí en medio, semitapado por las altas jaras y a escasos metros del monte cerrado y de los pinos de donde seguramente había emergido. Mi posición el alto me daba la posibilidad de escudriñarle, donde él se mantenía sin ningún tipo de movimiento, pero su color pardo y sus cuernas lo delataban. Lo sentía como un fantasma. Estaba perplejo. Hacia 2-5 minutos que estábamos solos, y que el ruido había cesado, y allí estaba.



"Papá un, un, un ve-venao" o algo así me pareció escucharme en el más ligero de los susurros, suficiente para trasmitirle lo que estaba viendo, o eso pensaba, y presuponiendo que estaba detrás mía.

Elevé mi rifle, le apunte al pecho, lo tenía de frente y quite el seguro. Contuve mis nervios y mi aliento en espera de ver que hacía el ciervo. Éste me descubrió y ya hacía el ademán de marcharse de un rebotazo, sin más apreté mi dedo sobre el ligero gatillo de mi browning. Cayó a plomo.

La detonación sonó como solo los buenos tiros suenan, pero al igual que todos rompió la calma de la mañana con su estruendoso sonido. El primero de la mañana.

"PERO A QUÉ HAS TIRADO" escucho tras de mí, me giro y veo a mi padre agachado con las manos metidas en el morral, no se había enterado de nada.

Con los nervios y la adrenalina del momento le dije como buenamente pude, "Acabo de tirar al suelo un venao". Con los ojos como platos, mi padre me insiste en preguntar, y le respondo lo mismo. Sin más dilación le digo qué está ahí, y que hay que asomarse un pelín para asegurarnos que no necesita remate para evitarle agonía. Damos 4 pasos y se le divisaba el en suelo, inerte. Era increíble. No me lo podía creer. Me temblaba todo.

Retrocedemos los cuatro pasos a la tablilla, y con la entereza que pude cogí mi móvil y a los amigos íntimos les escribí que ya tenía mi venado. Eran las 11:14. Parecía mentira lo rápido que había pasado todo con lo mucho que había tenido que esperar para este momento. Necesité sentarme, para asimilarlo, y entonces este llorón que escribe dejó escapar todo lo que llevaba dentro, pues la espera había acabado, ya era mío.

La montería no dio mucho más de sí, estuvo por debajo de lo esperado, y nosotros no tuvimos ningún lance más en nuestra postura. Toda esa mañana me las pasé con el deseo de poder ir a ver el venao, cuando lo ví me pareció un auténtico mulo de tamaño, pero la cuerna no me había dado tiempo a poderla apreciar bien.

El momento del encuentro llegó, y allí lo tenía, cuanto lo había querido, soñado, y deseado y por fin conseguía poder acercarme a él y rendirle todos los tributos que merecía tan bello animal. El cuerpo como había dicho era enorme, su pelaje suave y bello, y su cuerna, pues no era nada espectacular, 9 puntas, con falta de una contra, las luchaderas y la otra contra pequeñas, pero era largo, y aunque cerrado, armonioso,  sobre todo en las horquillas. Era un venado a todas las claras selectivo, y a mi forma de ver bonito.









Había costado 12 años y 9 meses conseguirlo, y tal como había dicho al principio lo había logrado en las circunstancias que yo quería, en montería y en Alcoba. En lo sueños uno siempre se imagina con animales majestuosos y cazados en unas circunstancias incluso épicas, y cuando tienes 12 años y 9 meses para pensarlo, soñarlo y desearlo, te da para imaginar muchísimo.

Puede que su lance no fuese nada espectacular, ni tampoco dificultoso en su resolución, al contrario de lo que se me había pasado por mi mente en todo este tiempo, pero si había costado lo suyo, muchos desvelos e ilusiones puestas en él le contemplaban con sus cuantiosísimas jornadas deseando que se paseará delante de mí. La perspectiva hoy en día con el objetivo cumplido, hace que tanto tiempo esperando a que llegase haya valido la pena. He valorado su captura como pocos lo hayan hecho nunca con este animal, he ponderado su esencia hasta límites indescriptibles y lo he saboreado como la mejor de las cervezas frías en un mediodía de verano soleado. O incluso más.








Quizás no fuera un gran venado, ni uno con muchas puntas, evidentemente no da tampoco para medalla, pero las valoraciones siempre he pensado que no las dan ninguna de esas cosas, sino las circunstancias de la vivencia y tengo claro que nunca nada me había hecho tanta ilusión como este ciervo, que pocas cosas he deseado tanto cinegéticamente hablando como este animal hasta la fecha y por eso puedo afirmar sin dilación que para mí es el mejor, más bonito y deseado venado del mundo.








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