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lunes, 27 de enero de 2025

LA FOTO DE CAZA DE NUESTRA VIDA. Relato de la primera cacería de Alejandro.

 

Hay días reservados para la historia, y este era sin duda el día. No sé muy bien para quién de los protagonistas, o si en realidad era para todos a la vez, y ojo, conscientes éramos, hasta el más pequeño pese a su corta edad de esto. 


Habrá sin duda más jornadas para el recuerdo, algunos buscados, otros donde la fortuna se aparecerá y otros donde sólo el destino sea el que los forje a fuego y sangre en la memoria, pero sin importar absolutamente los detalles, ni contrastar con el resto de implicados, sé y saboreo para mis adentros el sentimiento de que aquel día va ser insuperable, pues no todos los días uno vive el primer día de caza de un hijo, bajo la atenta mirada de su maestro y mentor, que para más inri es el abuelo de la criatura.

En el momento que concreté asistencia a la cacería, pensé en la idea de que el niño pudiera acompañarnos a mi padre y a mí a este día tan especial, y dado que las navidades estaban cerca, encargue a los reyes magos que le trajeran sus primeras prendas de ropa para que desde el primer momento se sintiera integrado plenamente como uno más. Botas para el campo, calcetines gruesos y ropa técnica que se sumaría a su escopetilla superpuesta de juguete y gorra de caza que ambas cosas le cogí en la feria de caza de Alameda donde tuve la suerte de exponer meses atrás una gran muestra de dioramas de Playmocaza. 


Todo llega en la vida cuando tiene que llegar, nos guste más o menos


Son 4 años, casi 5 como dice él, los que tiene. El debate sobre su primera salida cinegética estaba tanto en mi cabeza como en los debates que tuve con mi mujer, no cazadora, que, al margen de esto, solo buscaba como toda buena madre protectora y cuidadosa de su familia, que su hijo estuviera bien y preparado. Yo reconozco que mi chico es demasiado joven, de hecho, yo no fui de caza hasta que fui algo mayor que él. Él es nervioso, activo y de naturaleza inquieta y curiosa. Mi propia experiencia me dice que si algo requiere la caza es control de nervios, y sobre todo tranquilidad. Las modalidades que más practico son las monterías y las esperas, y soy consciente que hoy en día mi hijo no está listo ni preparado para poder acompañarme a ellas todavía. No está en mi cabeza forzar situaciones impropias para lo que no sé está listo. Todo llega en la vida cuando tiene que llegar, nos guste más o menos, esto es así. ¿Entonces cómo fue que Alejandro acudió a su primer día de caza a tan temprana edad? La respuesta se da con una simple palabra, TIRADA. Era una ocasión similar a cuando entra un buen guarro al paso y por lo limpio, de las que no se pueden desaprovechar. El día de caza, era una tirada organizada por mi buen amigo Ramón G, y por su socio Gabino, donde un grupo muy reducido de escopetas nos juntaríamos para realizar una tirada de palomas, donde la amistad y pasar un buen rato era el objetivo, y donde la seguridad y el desarrollo de la jornada estaría tratado con mucho mimo. Siendo esto así, creía que las desventajas propias de la edad de mi hijo y de su propia forma de ser lo eran un poco menos y que era como ese guarro al que aludía antes. La vida es una, y vivirla y disfrutarla es el objetivo. Las situaciones se presentan cuando se presentan, y el hoy y ahora es la única certeza que se tiene. En la caza más. Yo me arrepiento bastante más de las cosas que no hago, que de aquellas que intento, aunque fracase, aunque también hay excepciones claro está. Nada es blanco o negro, sino que está en una amplísima gama de grises. Sea como fuere y como ahora contaré no me equivoqué dando trofeo el “cochino”. 


Mi niño crecía y ya iba a compartir conmigo aquello que aún me quita el sueño y aviva mis pasiones


Hasta la misma mañana del día de caza, ninguno supimos que Alejandro sería de la partida, ni el mismo, pues le tuvimos alejado de debates y de planes, pues antes éramos sus padres los que debíamos de dar el paso en conjunto. En el momento que entramos su madre y su padre aún a oscuras en su habitación, y le preguntamos si quería ir de caza con papa, toda duda quedo aclarada con la cara que puso de alegría desmedida y su repentino despertar y desperezamiento a la par que gritaba una y otra vez ¡Sí!, ¡Sí! ¡¡SÍ!!. Dando saltos por la cama, y pasaba a dar besos y abrazos a su madre, mientras la daba las gracias y la prometía hacer caso a su papa y estarse sentado en la silla durante el día, muchas dudas se disiparon en mi mujer sobre todo en ver la alegría que había dado aquella mañana al niño.


Con nervios y lágrimas en los ojos, uno es un sentimental que le vamos a hacer, observaba mientras preparaba yo mismo el pequeño hatillo de Alejandro, como su madre le preparaba para la faena, enfundándole las ropas de caza que sus majestades de oriente le habían traído un par de semanas antes. Mi niño crecía y ya iba a compartir conmigo aquello que aún me quita el sueño y aviva mis pasiones, aquello de lo que tanto le había hablado, aquello que él no dejaba de ver en los videos y fotos que preparo después de cada salida, aquello por lo que muchos días abandonaba el hogar no siendo para trabajar… aquello que en él despertaba curiosidad y sobre todo admiración. La primera alegría se la llevó el abuelo, cuando sin esperarlo, de la casa no salía solo su hijo e infatigable compañero de batallas cinegéticas, sino que también asomaba su nieto saltarín, esbozando en su rostro una sonrisa de oreja a oreja llena de ilusión y alegría, mientras intercambiaba con el niño las primeras chanzas y risas del día.



Mi padre aun es joven pese a las casi 70 primaveras que su cuerpo montero lleva encima. Se conserva bien y se cuida con jornadas de deporte entre diario que le mantienen en buena forma. Muchos años en la caza, donde ya ha hecho de todo, y donde al margen de piezas no completadas en su lista, de viajes que nunca fueron y que posiblemente ya no sean, o por supuesto puntería y oído que va perdiendo; su mayor ilusión según me comenta desde ya hace un tiempo era no jubilarse de este mundillo sin poder haber compartido un día de caza con alguno de sus nietos. Y por “Santa Quiteria” bendita, del que él fue en sus tiempos jóvenes mayordomo, las ilusiones son para cumplirlas, y ésta la logró con muchos años aún por delante para seguir escribiendo capítulos en esta cuarta generación cazadora de la familia que ahora nacía con Alejandro.


COMIENZA LA TIRADA, DESAYUNOS Y NERVIOS PARA EMPEZAR


El día de la caza se desarrolló con un primer desayuno de presentación del día a los cazadores, donde aquellos que no nos conocíamos tuvimos la oportunidad de hacerlo. Todo en una estupenda concordia y ambiente distinguido y agradable. Tras las explicaciones y sorteos de rigor, unas fotos y grabaciones que realizamos darían cuenta del inicio de una bonita jornada de caza.


La tirada, realizada de la forma más tradicional, con puestos rotativos que buscasen dar mismas a oportunidades a los cazadores, comenzó tras las ricas migas camperas, que mi hijo se opuso a probarlas en un principio y que sólo al final se animó a catarlas, gustándole y echándolas en falta cuando ya no había pero en su momento los juegos con su amiga Ana, hija de Ramón, se imponían a la gastronomía, cada cosa tiene su momento, y correr y saltar desde luego en su cabeza aún hoy están por encima y el tiempo no le daba para andar gastándolo en comer. 


La primera tirada de las 6 que haríamos se desarrolló de una forma un poco desastrosa al principio, el niño no se andaba quieto, y estaba un tanto desobediente fruto de los nervios, pero al final con templanza y a desatender un poco a la caza por parte de padre y abuelo con el fin de que el niño estuviera seguro y que entendiera todo, el puesto lo saldamos con una primera paloma, que encima no cobramos para tristeza de mi hijo que era el encargado de dicha tarea por iniciativa propia. Lo que sí hizo y de buena gana fue recoger las vainas para dejar el campo limpio. La guía del arbolito, siempre desde chiquitito, rezan los agricultores, pues en la caza, las buenas formas y maneras igual. El camino del morralero es largo y cada lección ha de acumularse en el morral de la sapiencia para estar listos si es que algún día hay que dar el salto evolutivo a cazador., o sino como forma de enriquecimiento personal claro está. Volviendo a la parte cazadora más estricta, la gracia estuvo en el momento que con su superpuesta de juguete veía que no podía cazar para frustración propia que no sé qué se pensaba. Es un caso este muchacho para muchas cosas y yo que me río y me alegro por su inocencia.

PRIMEROS COBROS LLENOS DE RESPETO


En la segunda y tercera tirada estuvo mucho mejor, atendiendo a todo lo que pasaba a su alrededor desde su silla, siendo obediente al máximo y dejando al que tenía turno de tiro tranquilo, cumpliendo por otra parte las promesas realizadas por la mañana a su madre. Las opciones de tiro fueron justas, pero conseguimos sacarle al campo 5 palomas entre ambos puestos. Entre tanto el niño se sorprendía con las detonaciones, que veía tranquilo gracias a los cascos antiruido que con buen criterio y por seguridad le compré en los días previos. Sus primeros cobros fueron decididos y sin miedo, disfrutando y guardando el respeto justo a la pieza abatida, a la par que se sentía contento de sentirse importante en una tarea dentro del día de caza. 



La comida supuso más tiempo de juegos por el campo, donde las carreras y saltos por aquí y allá se impusieron hasta que junto a Ana y otra niña asistente al día de caza, les dio por coger almendras que aún quedaban en algunos almendros pelados, para su posterior disfrute tras romper las cáscaras con piedras que acumularon para la labor. Donde se va a comparar el gusto de una almendra cosechada y extraída por uno mismo, con las empanadillas, la bien elaborada carne de Venado en salsa, que entre los adultos triunfó de lo lindo, o incluso entre los embutidos o patatas y cortezas que se acumulaban en la mesa…

Tras la comida, llegó un cuarto puesto donde lo primero que nos dijo al llegar a éste fue que ahora le tocaba a él tirar, que ya habían tirado papa y el abuelo, y que ahora era su turno. Tras las risas y la explicación lógica empezó nuevamente la cacería, siendo un puesto donde apenas si tiramos, pero donde pese a todo logramos un par de palomas, y donde Alejandro aprendió una gran lección. Nunca hay que meter la mano donde no se debe y que las cosas que te explican y piden que hagas muchas veces son por el propio bien de uno. Y ahí lo dejo, esto sí algún día es leído por él, puede que recuerde lo acontecido y sino ya seré yo quien se lo recuerde... El zorro es zorro, no por zorro sino por viejo.




El mejor puesto  se llenó de saltos, carreras y chillídos.


En el quinto, su padre hizo el mejor puesto, cobrando 6 palomas para disfrute del niño que pasó un buen rato buscando y acumulando palomas entre saltos, carreras y chillidos a su abuelo y a mí mismo de entusiasmos cada vez que hallaba una por sí mismo. El tío memorizó alguna donde caía para sorpresa de todos, y no sólo eso, sino que las divisaba a la distancia cuando se concentraba, aunque siendo fiel a la realidad también había momentos donde una hormiga o el ver como su abuelo cargaba la escopeta atraían su atención. En el sexto tuvimos el peor puesto, la caza no rompía, y mi padre que tenía ilusión de hacer algún tiro con su Sarasqueta del 16 que tiene desde que su padre se la comprara hace ahora más de 50 años cuando éste empezaba, apenas si sonó en seis ocasiones, consiguiendo desplumar aun así a una bravía sin suerte en su abate al menos en lo que la vista alcanzaba. 



La jornada concluía con el recuento final del total de las piezas abatidas, con las fotos de rigor, y con más almendras que los niños no dejaban ni por asomo, entre carrera y carrera que todavía daban por allí. Las despedidas y abrazos entre los concurrentes al día de caza ponían el broche a un gran día de caza donde el objetivo de pasarlo bien en camarería y confianza se había concluido con creces.


Alejandro apenado en el coche, pues no quería abandonar aquel sitio donde tan bien se lo había pasado, no tardó en caer rendido, normal por otra parte de un día de tantas emociones en el que había dado su primer paso en un mundo que nos apasiona a su abuelo y padre, y del que entre ambos buscaremos acercarle sus tradiciones, y realidades, para que tenga a su alcance la posibilidad, si así lo quiere en un futuro, tener su propia licencia y armas. La verdad no sé si mi hijo en un futuro será cazador, sólo sus propias convicciones, gustos, pasiones y sobre todo decisiones serán las que marquen su camino.


EL ÉXITO, CELEBRAR UNA NUEVA GENERACIÓN NUEVA


Su abuelo y padre no dejábamos de mentar las situaciones vividas en aquel día tan singular, donde por encima de tiros, lances fracasados o exitosos, de detalles cinegéticos que otros días ocupaban nuestras charlas posmontería, estábamos celebrando al niño, celebrando nuestra cuarta generación una vez más, celebrando que aquel día habíamos vivido un día para la historia, donde mi padre había cumplido su última gran ilusión, no en cualquier día sino en el día que su nieto salía por primera vez de caza. Donde yo también viví y cumplí la primera ilusión que no era propia, y seguro que no la última… Celebrábamos un día donde habíamos conseguido echarnos una foto, como la que 30 años antes nos habíamos echado con mi abuelo Antonio, los tres en nuestro primer día de caza juntos, una foto que con los años miraremos y sabremos como con la otra, que independientemente de lo que la caza nos deparé, lo más importante siempre fue y será el amor que nos tenemos conforme a una pasión tan grande como la que tenemos por la caza, y que allá donde estemos cuando la veamos, sabremos que esto fue historia, una historia digna de recordar y por supuesto de acrecentar. 

Viva la caza, y vivan los niños, pues en ellos está el futuro.


21-01-2024


Daniel Gómez García

Creador de playmocaza.es

Creador del canal Caza y Respeto


viernes, 25 de febrero de 2022

MONTERIAS EN ALCOBA.CERROS, SOLANA Y LA FUENTE Temporada 20-21

 MONTERIAS EN ALCOBA.CERROS, SOLANA Y LA FUENTE Temporada 20-21


Seguimos para Bingo, y hoy tocar acercar otras tres de las monterías de la temporada pasada, en esta ocasión todas ellas del coto de Alcoba. 

He de decir que este vídeo para ser honesto, es un vídeo donde solo se recoge un lance grabado a movil por otro montero y que si alguien viene buscando tiros y lances este no es su vídeo, sin embargo si alguien quiere ver esencia montera, incertidumbre, y porque no decirlo, sentimiento, puedo garantizar mucho de ello en los casi 24 minutos que dura el vídeo.

Desgranando un poco, la primera montería, versa sobre la única montería adehesada que tenemos en el coto, que es en si misma como varias micromonterías ya que se cazan por cerros. Era la primera montería de la temporada, la primera en la era covid, y los nervios y el enfrentarnos a una nueva dinámica de participación, y a los primeras ausencias eran casi las notas más destacadas a priori de la jornada con permiso de la gran calor de primeros de octubre de ese 2020. Un día donde además se acercaba mi gran amigo Carlos a disfrutar de las cacerías Alcobeñas.

La Fuente, es una mancha discreta dentro del calendario, muy cochinera, pero donde la gran espesura del monte dan buena defensa a los animales, y el trabajo de los perros, el aire y la estrategía es fundamental para sacar lo mejor de sí de la misma. Nuevamente un buen sorteo nos dejaba un puesto a priori bueno que tocaba hacerlo bueno.

Por último la Solana, una montería en sí misma nueva este año, pues juntabamos las dos tradicionales manchas de Solanilla y Cuervo, otros años de lo mejorcito, a fin de buscarles el mejor rendimiento posible, ya que los reiterados trabajos de la junta en la poda de estas sierras hacían preveer resultados más que discretos. No obstante lo más importante de este día y esta montería no es la caza en sí, sino el bonito gesto que tuvieron varios de los socios del coto conmigo. No pude asistir a la misma por estar confinado debido al covid que azoto en esas fechas a mi familia, y para que no me quedara dicho día sin mi reportaje y poder acercarme en aquellos momentos tan duros algo de ilusión se organizaron para que de forma muy humilde y con móviles en mano tuviera el mismo. Es por ello que este vídeo es tan especial para mi, no tengo palabras para agradecerles aquel bonito gesto, y donde la mejor o peor calidad de las grabaciones o de los planos son lo de menos. Agradecer muy especialmente a mi amigo Raúl Privado la implicación en llevar a buen término toda esta loca idea que tuvo y por su sincera y bonita amistad.

Sin más agradeceros a todos la visita, el like si os place y por supuesto la difusión, si hacéis por ayudarme. Aquí os dejo el vídeo.






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NO LEER A PARTIR DE AQUÍ SIN VER EL VÍDEO, ATT SPOILERS

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CERROS 10-10-2020 Monteria marcada como dije anteriormente por ser la primera de la temporada, por ser la primera de la era covid, pero sobre todo por la inmensa calor que se registro aquel día donde estuvimos cerca de los 30 grados. Con esa calor no se podía cazar, los pobres perros solo dieron de si media hora, y posturas alejadas de la suelta como la nuestra se quedaron sin cazar. Un despropósito. Con todo y con esos se consiguieron cazar 18 piezas que aunque pocas para la montería que es, para tal y como se dio el día ni tan mal. Lo peor aún así como en toda la temporada las ausencias de aquellos que no podían ir a cazar por los confinamientos. Lo mejor compartir el día con mi buen amigo Carlos Barba, que tuvo a bien a venirse conmigo.


SOLANA 07-11-2020. Montería que como ya he comentado me perdí por confinamiento, pero que pude vivir a través del móvil por los muchos vídeos que iba recibiendo y con el cual he podido hacer el documental de dicho día. Esta montería como tal era la primera vez que se daba, pues suponía juntar por primera vez las dos manchas de la solana El Cuervo y La Solanilla. Entrando en materia fue un día donde el mal tiempo hizo pasar algunos malos ratos a los monteros, pero donde la gran poda realizada en la vegetación que cubre estas sierras, ha afectado a la fauna que buscaba habitualmente acomodo en ellas, bajando de forma notoria la caza abatida, pues si antes entre ambas dos manchas podíamos hablar de unas 40-70 piezas, dicho día nos quedamos en unos muy humildes 15 animales abatidos, con bastante desigualdad entre puestos.


FUENTE 12-12-2020. Día que empezaba con una impresionante congregación de grullas en el pantano de la boca de la torre, y que continuó nuevamente con un puesto que prometía mucho en el cortadero central de la montería. El aire fuerte del día era bastante molesto pero no era malo en cualquier caso. El problema del día y de que la montería se diera floja, vino porque en esta ocasión la estrategia de cazarla al choque no surtió efecto, y de hecho el choque se produjo más allá de de la mitad de la montería siendo la primera llegada de perros a benitez en nuestro cortadero, que como ya he dicho era el central. Aún así vimos como los dos puestos de por encima tiraron, sentimos que el de por debajo tiró e incluso parece ser que un guarro nos pasó por nuestra postura, aunque no pudimos verlo. En el general cinco guarros que desde luego quedaron muy por debajo de lo esperado.


Finalmente dejo aquí unas fotos de cada día como huella eterna de aquellas jornadas.


CERROS 10-10-2020













FUENTE 12-12-2020







martes, 31 de octubre de 2017

Los Cerros, 14-10-2017 la primera montería de la temporada

Todo llega en esta vida por larga que se haga la espera. Y mira que se ha hecho larga. Pero el pasado sábado 14 de octubre por fin llegó el momento de comenzar la temporada montera.

Las ilusiones por todo lo alto y con los nervios e incertidumbres por los hechos a suceder por bandera afronte los días previos y el mismo día la montería.

Y es que no era moco de pavo, como ya comenté en esta mismo rinconcito de internet, el año pasado apenas si pude ir a dos monterías, y las ganas de ver las carreras de las rehalas, de oir el monte crujir, de sentir los cantos rodar... eran muchas. Y cierto es que este año con la vuelta al coto del pueblo, el calendario se verá notablemente aumentado y en sus números medios pero es que la primera de la temporada siempre es especial.

Especial porque supone volver a disfrutar de la pasión, porque es el deseo hecho realidad, los reyes magos de cada año... pero en este caso ademas la mancha a montear eran Los Cerros, una coqueta montería manchega de Alcoba cuyas medias y calidad de lances y de trofeos ponen la piel de gallina al más pintado.

En contra la batalla de todos los años cuando sale el calendario... el calor y la falta de agua, que como todos sabemos este año ha sido además muy virulenta.

El día, para intentar dar algo de tregua a las rehalas, comenzaría más pronto de lo normal, lo que supuso madrugar más de lo habitual, cosa que no nos importó a fin de cuentas los perros son el epicentro de todo.

No obstante en este punto me despido de las letras y doy paso a las imágenes con el pequeño documental que he preparado sobre este día donde en esta ocasión mostraré imágenes reales con otras realizadas con playmobil que recrean aquello que con la cámara no capte.




Espero os guste!












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lunes, 11 de septiembre de 2017

Inicio Mediaveda 2017 (videorelato)

Agosto llegó y con ella la ansiada mediaveda. Por primera vez salí al campo a disfrutarla primero con mi amigo Ramón que me dejo acompañarle y luego ya con mi padre. De esto ya hablaré largo y tendido en la próxima entrada, porque hoy el protagonismo es para las imágenes que conseguí entre ambos días, y bueno otras que preparé previamente en vacaciones. La verdad conseguí recoger suficiente material como para una nueva historia de playmocaza, donde volveré a mezclar vivencias reales con otras adaptadas con playmobil.

Espero os guste!






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martes, 2 de mayo de 2017

Video de El corzo Imposible

La verdad que tan buen relato del amigo @postalobera del otro día no podía quedar así en nada más, y volviendo a tirar de esa creciente amistad que nos une, le pedí que pusiera su envolvente y profunda voz para un nuevo video.

El resultado lo podéis ver vosotros mismos, que entre otras cosas y con el afán de aportar algo nuevo se han incluido más fotos y algunas nuevas que se realizaron aposta para el relato.

Por mi parte agradecer hasta desfallecer al bueno de @postalobera su ayuda sin reservas a este bonito proyecto que ha sido "el corzo imposible".

Un abrazo y espero que os guste.




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viernes, 28 de abril de 2017

El Corzo Imposible


l

Hoy traigo una historia muy especial. En plena temporada del corzo, he querido recrear en PLAYMOCAZA esta bonita modalidad. Para ello y fruto de una bonita ruta en bicicleta realice una serie de tomas fotográficas de lo que yo presumía podía ser perfectamente un rececho/aguardo al pequeño cérvido. Pero luego a la hora de montar la historia y de poner palabras quería en esta ocasión algo especial, algo bueno y de carácter más poético de lo que yo suelo realizar, y por ello le pedí al amigo @postalobera que si quería responsabilizarse del reto.

Este es el resultado. Espero os guste esta colaboración.

"Dedicado a una persona sumamente especial que alumbra cada día y que hace poco ha cumplido su sueño corcero"



Sentí frío. Al cerrar la ventana supe que tenía que llevar algo de abrigo. Muchos kilómetros por delante y un día largo, y dicen que más bien que sobre que quedarse corto. Apuré el café y cogí los trebejos. A un tiro largo de autovía me esperaba el escenario de mi sueño de primavera: un corzo en lontananza para el que tengo un precinto, el de cada año, el de cada sueño, el de cada temporada.

Mi inseparable .243 para estos menesteres y mi macuto añejo donde guardo las balas y esas cosas que siempre nos sacan de un apuro, al coche. La oscuridad arropa toda la ciudad, que se ilumina salpicada por multitud de farolas y luces led. La ruta es larga, y sin pausa me dirijo al destino. Quedan horas hasta que el sol despunte y pinte los campos.



Salí con tiempo, pero un pinchazo al llegar al cazadero me jodió la espera del alba. Mal comienzo para un día raso que poco a poco se llevó los fríos e hizo que me despojase de abrigo. El chaleco y una camisa de manga corta serían mi atuendo. Botas bien usadas y presto a recechar, que apretaba el día.



Ahí estaban los barbechos del año pasado echando espigas. Amplias hojas de cereal donde los corzos buscarán sustento. Tenía que haberlos rebuscado ahí a primera hora del día, pero el sol ya llevaba ventaja y yo la tardanza que provocó un trozo de hueso al meterme en la pista. Barrí con mis 10x42 las siembras y no descubrí nada. Desde un altozano me eché los prismáticos a los ojos esperando encontrar alguna silueta, pero las únicas que se movían eran las de los vehículos que circulaban por el polígono industrial del municipio. Así que di marcha atrás y me dispuse a trastear otras áreas del coto.



Al arrimarme a un lindero de alfalfa con un trigal, ¡qué susto! Andaba ensimismado con la posibilidad de que saltara el corzo de mi sueño y la arrancada de la perdiz me sobresaltó. Qué maravillosas estas aves del páramo y de la sierra que se engalanan con tantos colores y que despiertan en el cazador esa atracción por el pájaro salvaje que pone a prueba sus facultades. Qué grande es la perdiz roja, bandera española de nuestros campos.



Un almendro solitario me vio recomponer la cara después del sobresalto, que aumentó cuando me percaté de que tres culeras blancas se escondían en el monte a lo lejos. Ni tiempo de reaccionar. Seguí tras ellos durante más de una hora, pero perdí toda pista dentro del pinar.



Este terreno es ideal para los corzos, para las perdices… Amplias llanuras sembradas y alternándose entre eriales y parcelas barbechadas conforman un paisaje variado que alimenta a la avifauna del lugar. Montes de pinar sobre los campos de olivos le dan más alternativas al animal que medra y pasa sus días aquí. Además, este acotado tiene una gestión ejemplar. Los socios procuran alimento y agua en los meses de carencia, y esto se nota. La caza mayor y la menor abundan. El campo lo agradece y, de vez en cuando, te regala algo. Cierto es eso de que, tantas veces, si das, recibes.


Seguía avanzando con pies de gato y mirando por los prismáticos. Encontraba excrementos, algunos más frescos que otros, que delataban la presencia de corzos en la zona. Alguna collalba rubia se cruzaba a mis pasos y una pareja de aguilillas calzadas oteaba desde las alturas. Un rascadero en una retama solitaria me alertó de la presencia de algún macho. El día estaba sin aires y la figura del corzo se marcaba de forma repetitiva en mi mente. Su perlado pinchaba mis ideas… Eran las ganas.



Al caminar, intentaba no hacer ruido y pisar con disimulo. Aunque el campo estaba todavía verde, si rompías una paja descubrías tu presencia en la distancia y algún paso de los mal dados, atronaba. Por eso un zorro saltó espantado con el botín de su caza mañanera: un conejo. ¡Ay, ladino! Se me cruzó a tiro de escopeta y se largó en paz, pues hoy no tocaba. Que te aproveche, raposo.



En el campo, bien lo sabemos, el juego de predadores y presas es diario. Ahí, donde nosotros vemos paisajes con hermosas luces y escenas bucólicas, se repite cada día una constante tan natural como cruda: sobrevivir. El insecto se zafa del buitrón, el ratón del mochuelo, y así andan unos tras otros.



Llegué a una de las zonas más bonitas del coto. A esta hora, esa abrigada podía ser buen lugar para encontrar al que voy buscando. El año pasado vi aquí uno de los corzos más espléndidos que haya visto. Lo recuerdo con nitidez. Allí, en la costana de los pinos, lo descubrí. Al hacer una panorámica con los prismáticos, el barrido se paró como si un resorte lo frenara. Los ocho aumentos me bastaron para verlo allí, altivo y hermoso, en un claro de la pinada. La distancia era larga para determinar las virtudes de su cuerna, pero el aparatoso bulto sobre la cabeza me reveló unas hechuras inusuales. Debía cogerle las vueltas cuanto antes sin que le llegaran mis aires.



Fueron, quizá, los minutos más largos de mi vida. Conforme avanzaba encorvado, y a tirones, lo reubicaba a golpe de prismáticos. Allí estaba. Conseguía acercarme sin ser descubierto. Casi lo tenía. El corzo se tapó detrás de un puñado de pinos. Y se esfumó. Por más que registré la cuesta no conseguí volver a verlo. La noche se echó y, sobre mí, la desazón. Digo que ese corzo desapareció porque así fue realmente: no se volvió a ver durante la temporada y de nadie se supo que le diera caza, pero yo lo vi.



El calor apretaba y decidí parar el rececho de la mañana. Llegué al coche y me acerqué hasta la localidad para comer donde siempre lo hago cuando vengo a los corzos. Allí encuentro un ambiente agradable con buena mesa. Para qué quiere uno más si tiene caza y caldero: promesas del buen cazar, agasajos con buena cocina, un poco de reposo y tranquilidad. El madrugón había pasado factura y me la cobré en “Casa Paca” con su mejor pitanza y una sobremesa que aproveché para que arreglaran el pinchazo para poder volver a casa.


Quedaba tarde y sobraban las ganas. Regresé al cazadero y me metí en el olivar que llegaba al sopié del monte. Iba camino de las asomadas y rebuscando por el entorno de los sesteaderos. Vi dos corzos lejanos y luego otro al borde del pinar. Por ahí campan los duendes, me dije. Los olivos venían cargados de manojos de flores aún por abrir. En una orilla, buscando el refugio del herbazal, una perdiz había plantado su nido y comenzaba la puesta de prometedores perdigones. Me topé con ella y la perdiz hizo amago de salir volando, dejando ver sus tres primeros huevos. Reculé y quise que la suerte se aliara con ella, pues tenía por delante la aventura más necesaria y dificultosa de la naturaleza: el renuevo de la especie. Ojalá fuera una puesta generosa, llegaran todos los pollos a igualones y se hicieran perdices recias, de esas que te vuelcan el corazón y te rompen las piernas.






Ortega escribió que “el cazador es el hombre alerta”. No andaba equivocado el filósofo y bien sabemos esto los cazadores. Sea de espera, rececho o como quiera que sea, ahí andamos aguzando los sentidos. Quisiéramos tener la vista del águila real y el oído de su hermano de la noche, el búho, y así andamos apretando los ojos sobre los prismáticos queriendo descubrir algo y entornando la cabeza de cuando en cuando para poder escuchar mejor los avisos del campo.



La tarde avanzaba y yo seguía buscando a ese corzo que veía en sueños o quizá a ese otro que descubrí el año pasado y que se perdió hasta que alguien lo encuentre. Registraba cada sombra y miraba a todos lados.



Con afán de otear, me subí a un cancho. Un terreno ondulado con pequeñas barrancas se presentaba como escenario. Quizá ahí, amagado, estuviese echado el corzo de mi sueño, el de cada año, el de cada temporada. El corte del monte, a lo lejos, pintaba prometedor para última hora de la tarde. Ese sería, si antes no me rozaba la suerte, mi último cartucho.




El recechista hace del gesto de mirar una virtud, y también su herramienta necesaria. Mirar, mirar y remirar. En esas andaba sobre la piedra gorda cuando un zarandeo en una hoya me alertó. El matorral se sacudía y pronto pude verla. Una guarra, o eso parecía, arrancaba a tarascadas algunas ramas. Ras, ras. Y seguía: ¡ras! La observé durante varios minutos, y tan enfrascada en lo que hacía estaba que ni se percató de mi presencia. Cogía las ramas y se las llevaba. Volvía, ras, ras, y se llevaba más.



Me entretuve de lo lindo mirando la jabalina. Ese trajinar con tanto afán solo tenía una explicación. La guarra estaba a bocaparir y andaba liada preparando el encame para su camada. ¿Cuántos serían? ¿Llegaría alguno a ser escudero de un buen verraco o quizá uno de ellos llegase a solitario jabalí de un relato de Foxá o Covarsí? Y cavilando se mezcló un parto con las andanzas montunas de un gran jabalí por las sierras. Pasión de caza. Sigamos…




 
Se echaba la tarde. Las sombras se alargaban. Lindando con el olivar y frente al monte, coloqué un parapeto de ramas. Había que esperar al ocaso y me senté a verlas venir cuidándome del aire y atendiendo a mi experiencia. El sol a mis espaldas y todas las ilusiones por delante. Los prismáticos a mano, el rifle en el regazo y una zona querenciosa en mi campo de tiro.



Sentarse a pie de campo, mudo e inmóvil, permite ser testigo de escenas singulares. Hay quienes dicen que no hay mejor sitio para estar que en el campo, y no les falta razón, aunque todo tenga su momento. Tres conejillos me entretuvieron un rato.



 Los socios del acotado disponen bebederos y comederos por el terreno, y vaya si las especies los aprovechan. Esos tres conejos serían una muestra de lo que se acerca cada día a ese punto de agua. Especies cinegéticas o no, todas se benefician de la mano que el hombre cazador les dispensa, sea en forma líquida, sólida o a la postre de gestión. El cazador, ese de principio a fin, es el que lanza guiños a la naturaleza junto a su mano de ayuda para luego, en justa lid, recoger parte de ella. Con respeto, buen hacer y dedicación.



El rifle de cerrojo descansaba sobre mis piernas con ganas de hablar. Mis ojos registraban cada palmo de terreno con ayuda de los prismáticos. ¿Qué tiene la caza del corzo que nos fascina? ¿Por qué este pequeño cérvido levanta nuestras más delicadas pulsiones venadoras? ¿Es su magia?



El caso es que ahí estaba yo, buscando al corzo de mi vida. Después de caminar recechando, la jornada de caza iba a terminar cumpliendo una espera. El lugar era fantástico; los tímidos aires hacia mí soplaban. Me bastó coger un puñado de tierra fina para lanzarlo y que el polvo delatara su dirección. Antes, cuando fumaba, era prender un cigarro para que el humo cantase los aires. Tenía delante una plaza despejada y me rodeaba un escuadrón de olivos en nítida formación. El sol se acostaba detrás de mí. Al fondo, el bosquete de pinos y una franja de terreno despejada a pie de monte.



Lejos del frío que sentí esta madrugada al asomarme por la ventana de casa, ahora es la calidez de la tarde la que arropa este paisaje. El día avanza ahora como el minutero del reloj y cada segundo parece restar. No quisiera quedarme sin luz; no quisiera quedarme sin sueño.



Fue como una aparición. De repente, al pie del pinar, un corzo asomó. Estaba lejos, muy lejos, pero supe que era una hembra. Me recompuse tras la pantalla y me apreté. El campo se movía y los corzos despertaban. La corza ganaba terreno y a cada paso se frenaba, alzaba la cabeza y escuchaba. Los prismáticos se pegaron a mis ojos. Después de tantas horas es cuando valoras tener unos cristales de calidad.



Apareció. Después de que la corza hubiese avanzado más de una veintena de metros, de la sombra de los pinos surgió la figura de un corzo tras sus pasos. ¿Quién sabe si ahí, a tantos metros, estaba representada mi oportunidad? Tocaba esperar.



La collera se arrimó hasta el olivar comisqueando. El terreno despejado me permitía seguirlos entre los troncos de los olivos y pude comprobar cómo, a cada paso, acortaban la distancia. El macho se volvía más hermoso. Cuanto más se acercaban, el afán por ocultarme crecía. Bajé la mirada y pasé la mano sobre el cerrojo y la caja de mi rifle, como avisándole de que anduviera despierto. Si hubiera podido dejar de respirar, sí, lo hubiera hecho. Ahora mis movimientos parecían cansinos, metódicos, con el fin de no romper la quietud de la tarde y de este momento con pulso acelerado. 



Ese par de culeras blancas me encendía, y cuando repasaba la cuerna del corzo con los aumentos… Quería ver al corzo que desapareció en el que tenía enfrente, pero se trataba de otro macho distinto. La pareja, aparte de los que había visto a lo largo del día, me estaba regalando el mejor rato del atardecer.



Me di cuenta de que otra hembra se acercaba. Habría salido del monte rezagada y ahora pretendía alcanzar a los dos que me robaban la atención. Otro vistazo detallado a golpe de prismáticos. Eran animales lozanos con un pelo lustroso. El macho llevaba razones para dar algún que otro escarmiento y salir airoso del enfrentamiento con otros de su especie. Una cuerna larga y gruesa. ¡Menudas luchaderas y garcetas tenía el mozo!




La hembra retrasada se paró y los dos que tenía delante se alertaron. Apenas escuché nada más que un leve crujir que no supe de dónde vino. ¿Quizá un jabalí triscando? Apreté la garganta del .243 y pensé que llegaba la estampida, pero no. Unos segundos eternos y los corzos volvieron a su quehacer. Estaba decidido.




Fui levantando lentamente el rifle hasta llevarlo al encare sobre mi hombro. Me centré en el macho y revisé de nuevo su cornamenta. No había dudas, era excepcional. Quité el seguro del rifle con la delicadeza de una caricia. Respiré tres veces y de forma pausada solté el aire. Besé el gatillo con el dedo índice y noté como los pelos se me pusieron de punta. Centré el codillo del animal en la retícula, alcé unos centímetros y disparé. ¡Bum! Solté un chorro de aire mientras el campo enmudecía. Las hembras saltaron y se perdieron con dirección al monte. Me desencajé el rifle del hombro con la misma suavidad con la que los había hermanado. Volví a respirar profundamente. Un par de torcaces rompieron la quietud del escenario.



Aún sentado tras mi pantalla de ramas, esperé unos minutos de rigor. Hace años, después de abatir la pieza, echaba un cigarrillo; ahora ocupo esos minutos en rendir mi respeto, pero sin humo. Cogí de nuevo los prismáticos y miré el corzo tendido. Lo remiré. Rendido. Descargué mi cerrojo suavemente porque todo estaba hecho. Eché un vistazo al contorno y tuve la sensación única de estar solo en el mundo.



Me incorporé y caminé sin prisas hasta el corzo. Quedaba tarde y quedaba luz. ¡Qué animal más hermoso! El tiro ya había esparcido un mechón de pelos y al pasar mi mano por su costado se desprendieron más. El perlado de la cuerna era un poema y el cuerpo era un auténtico regalo de carnes. No sé el tiempo que pasó desde que vi asomar a la hembra hasta que apreté el gatillo del .243, pero sé que ese tiempo compuso mi lance como una partitura. Y sonó. ¡Vaya melodía! ¿Qué más se podía querer? Pues quizá… alguien a quien dar un abrazo y con quien compartir la emoción de la caza.







Precinté el corzo. Parte de su carne quedaba en la localidad y otra parte se volvería conmigo. La caza que termina en el plato sabe mucho mejor. Además, siempre que se pueda, es de ley aprovechar cada animal que cacemos. Ensalzar cada pieza con el rito de la cocina es parte del respeto que le debemos por lo que nos ha regalado en el campo. La cultura de la carne de caza es un capítulo que, además, tiene aún mucho recorrido.


Retomé la autovía con el neumático arreglado y la mente perdida en la jornada que había dejado atrás pero llevaba conmigo. Antes de que anocheciera ya estaba en ruta para hacer noche a dos pasos y salir de mañana, con la fresca y descansado. A lo lejos, en un apartado de aquel acotado, una silueta se dibujó sobre un crestón de la sierra. Su colosal estampa se recortó ante el bermellón final del ocaso. Era aquel corzo que se esfumó y desapareció; aquel que solo vi una vez. Era ese corzo que anda en algunos rincones del campo y que todos guardamos en la mente como una ilusión: ese corzo imposible que verás algún día y desaparecerá para siempre como una utopía.





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