FRÍA MAÑANA DE MONTERÍA


Fría mañana despejada. Casi entrando en el pueblo me saltaron diez ciervas a la carretera. Parecía el buen augurio de una gran jornada de caza.

La Comisión Gestora realiza el sorteo. Armada nueve.

—Creo que esa es la traviesa pequeñita tan sucia donde tiré el cochino y el venado hace dos años. —son las primeras palabras que logro articular cuando me entero de la noticia, mientras desayunamos en el bar.

Tenía muy buenas sensaciones. Si era aquella armada, tenía seis puertas más el postor. Encima, a los seis miembros que íbamos a la montería de mi queridísima Real e Ilustre Peña La Pava nos había tocado juntos, habíamos tenido la suerte de que no nos cortaran. Todo iba bien hasta el momento.

Antes de que nos pusiésemos en marcha, el postor me confirmó que la armada era la que yo pensaba. Me alegré muchísimo, sabía que el cabezo de delante recoge gran cantidad de reses, me atrevería a decir que incluso la mayoría de animales de la montería.

— Venga, el número uno y el dos se lo dejamos a los cojos, el presidente de la peña, “Don Kiko La Pava” y el vicepresidente “Don Luis BMN Echanove Retícula Iluminada”. —  comenzaban las bromas mientras sorteabamos las siguientes puertas.

—El Señor “Taxidermia José María La Pava” tiene el tres, ¿de acuerdo? —les comunicaba a los demás miembros entre continuas bromas de altanería.

A mi lado se encontraba “Gestoría y Asesoría Don Pela La Pava”, que tenía el cuatro, (desde esta montería bautizado con otro nombre que aún no voy a desvelar para no adelantar acontecimientos). De la puerta cinco era dueño “Leonardo La Pava Alias El Mafia Matatullidos”, y para finalizar tan entrañable traviesa, el número seis, que lo tenía mi gran amigo “Supermercados Día, Posteriormente Grupo Trans Onuba Beni La Pava”.

Caminando con sigilo después del sorteo, nos dirigimos hacia las puertas recorriendo una sombría y estrecha armada por el alto de un profundo caño, compuesta por pinos y mares de jaras en terrazas. Dejamos al uno, la puerta con más visibilidad de la armada, que al final no cumplió. O quizás el que no cumplió fue el montero, nunca lo sabremos con certeza. Mi tío Luis, el número dos, también tenía el segundo mejor tiradero de todas las puertas, uno de los brazos menores del caño que nos atravesaba a toda la armada por delante y que lo comunicaba con el barranco de nuestra espalda. Un auténtico embudo ecológico. Poco a poco llegaba mi número, el tres, pero no me podía poner sin dejar claro un par de cosas a las dos puertas posteriores.

—Ten cuidado por debajo, la puerta donde vas es muy sucia y cuando te das cuenta te ha saltado el bicho y lo tira la del postor. —le indicaba a mi amigo Beni mientras andábamos a paso ligero, ya que yo había estado en la misma puerta años antes.

—Como suelten para nosotros, te aseguro que tiran todas o casi todas las puertas Pela, aquí nos quemamos las pestañas hoy pegando tiros…— Yo seguía aliviando tensiones con la puerta colindante— ¡Aquí me quedo!, ahora voy yo a verte a tu puerta para ver dónde estás y ponernos de acuerdo para donde va a tirar cada uno. — decía en voz baja mientras sacaba el rifle en mi postura.

Dicho y hecho. Al postor no le dio tiempo de terminar de poner la armada y cuando llegaba a la puerta seis, se levantó un precioso venado con doce puntas al que mi amigo Beni no le dio tiempo ni a mirar antes de dejar la mochila en el suelo. Salió de su puerta con rapidez.

Escasos segundos después, Leonardo que estaba en la cinco, tuvo la suerte de su parte, ya que le entró. Saltó por lo menos a 100 metros. Por detrás, Leonardo, con desparpajo y cubierto por una jara, se asomó y pudo culminar el lance con su nueva Benelli equipada con el cañón de balear y sus balas Sauvestre subcalibradas, aunque tres tiros le costaron para abatirlo, dos muy bien colocados.

Todo iba viento en popa. Una media hora después, recién soltados los perros, en el caño principal que teníamos delante pasaba ya lo más grande. Yo no tenía mucha visibilidad hacia abajo, pero se escuchaban los animales partiendo el monte como si de una apisonadora se tratara. Entre las primeras ladras, aún muy lejos, vi coronar a unos doscientos metros enfrente, dirección a la primera puerta de la armada, cuatro o cinco bichos. Me parecieron muflones, aunque en esa mancha era complicado ya que no había indicios de que esta especie estuviese presente en ella.

—O los tira el Kiko o mi tío… —pensaba. —No le va a dar tiempo, alguno lo verá y cogerán las terrazas dirección a mí, digo yo…

Al poco tiempo se oyeron en la puerta dos los primeros disparos tan seguidos como si disparara a una tropa de cochinos en un cortadero. Primero disparó dos veces, ni un minuto había pasado y sonaron otros tres tiros más, finalmente supimos que no se quedó con ninguno, cosa que me extrañó bastante, ya que él suele ser de los que gasta una bala y abate un animal.

—Los tengo encima ya…— Solo podía pensar eso al escuchar los tiros tan seguidos. El vareteo se empezó a escuchar cada vez más cerca, llegó el momento, pobre de mí.

Cuando me di cuenta sonaban carreras por todos lados, eran incontables, reses a diestro y siniestro. —¿Dónde me meto? —El único amparo, un pino al borde de la terraza donde me escondí mientras pasaba un venado dos terrazas por debajo. Casi en el mismo momento, otro por la terraza de debajo mía. —¡Ahhhh! —le reñí a uno que no me dio prácticamente tiempo a ver y que se cruzó por detrás de mí al oírme, saltando a la terraza de debajo. Cuando pienso que había pasado todo, apareció un vareto a escasos centímetros de mí, de la nada, me quedé perplejo. Casi no me atropella.

Dentro del shock, conseguí reaccionar y disparar al venado más parejo, al que vi más bonito, consiguiendo que se rindiera al instante, a un gran y difícil disparo, casi entrando en una mancha de jaras donde podría haberlo perdido.

Cayó. No necesitaba abatir más. Aunque todos eran venados, eran muy pequeños y los dejé pasar. Mi trabajo había concluido, o eso pesaba en aquel momento. Segundos después, a mi lado escucho entrar otra res, ¡otro venado!

—No me lo puedo creer, ¿otro más?, este parece que tiene más cuernos... —Mientras lo apuntaba un par de veces me di cuenta de que era “un tullido”. Le faltaba la mitad del cuerno derecho, un animal perfecto para abatir por motivos de gestión de población. Éste seguía la terraza sin verme, y poco a poco iba aflojando la marcha hasta que se me paró al final de ella. —Por la terraza que va, le va a entrar al Pela “a bocajarro”, se lo voy a dejar. —pienso.

Yo ya tenía mi montería hecha, solo quedaba escuchar el tiro de la otra puerta. El animal no paró ni tres segundos, continuó y se perdió en la revuelta del talud con toda su tranquilidad, al paso. A los quince o veinte segundos de desaparecer el monte perdió su silencio con el sonido de un solo tiro.
Me alegré muchísimo, el Señor Pela llevaba mucho sin cazar algo, no recuerdo si desde el año pasado o el anterior, y por fin ese solitario disparo parecía un tiro de muerte. Pensé que lo había matado, estaba casi cantado. Sin esperar ni un solo instante me moví hasta la mochila y agarré la emisora, que no la había encendido en todo el día. En cuanto me pongo en contacto con él empezó a hablarme muy rápido. Me contó que lo tenía apuntado y en el último momento, el momento del tiro, vio que le faltaba un cuerno y le corrió el rifle para no darle. No me lo podía creer, y todo aquello para no ganarse un mote como el de Leonardo matatullidos.

Al finalizar la montería, fuimos a ver el venado de Leonardo. Era precioso, el segundo venado más bonito de la montería. Después de contarnos la historia del lance, cargamos el venado para a continuación dirigirnos a mi puerta para que pudiésemos cargar el mío. Cuando íbamos pasando por la puerta cinco, nos paramos a ver si por casualidad había tocado el venado que Jesús El Pela supuestamente había errado.

No hizo falta buscar mucho, cuando estábamos a unos cinco metros de donde había disparado nos encontramos un pino con un tiro que lo atravesaba de refilón y destrozaba casi la mitad de éste, solo le faltaba caerse. A partir de este día se le quedará el mote de Gestoría y Asesoría Pela La Pava Rancapinos.

Una buena jornada de montería entre amigos en la que todos pudimos disfrutar de un magnifico día de caza, que acabamos culminando con la característica tostada con bacalao, salchichas al vino y algo de embutido mientras íbamos contando nuestras vivencias, lances, avistamiento de las reses que nos brindó la jornada, entre ellas, la más peculiar, la de un gran cochino que ninguno pudo tirar, muy tapado en monte, que se escurrió de los perros por lo más profundo del caño, atravesando la armada hasta saltar por los coches y salirse de la mancha salvando la vida.


Autor: Jose Mari Fernández @the_last_trapper





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